23 de octubre de 2010
Día de fiesta nacional no tan socorrida y mentada como la celebración del bicentenario. Llama la atención que los cien años de una noble anciana no se hayan festejado con tanto bombo y platillo. Esta anciana que más de una vez, yo diría que decena de veces, ha sobrevivido a crisis sobre todo de parálisis parapléjica inducida por las ondas políticas que prevalecían en el clima de ese momento. Una vieja muy vieja con espíritu maduro y juvenil, dueña de la fuente de la juventud que la sabiduría le otorga, a prueba de cualquier tipo de intromisión y que sigue siendo venerada por cientos de sus apadrinados, profesionistas que por años han sido parte de la cimentación de México, su residencia favorita.
A la celebración centenaria, en el Palacio Legislativo de San Lázaro, acudieron los senadores y diputados vestidos de gala para la sesión solemne, traje negro y corbata, acompañados por el doctor José Ramón Narro Robles, rector de la UNAM. Todos luciendo sonrisa de oreja a oreja, muchos de ellos universitarios que no todos de la UNAM, también de otras universidades o institutos de cualquier parte de la república. A otros apenas se les ve el barniz adquirido por su paso fugaz en la primaria o secundaria o simplemente llenos de cultura y preparación callejera; a los egresados de los chiqueros y de Hermanos Vázquez, los del circo, buenamente no se les ocurrió en esta ocasión enseñar sus puercos conocimientos burriles como en otras ocasiones lo han hecho y que a todos nosotros nos consta. No dudo que algunos hayan obtenido su titulo en Brasil y Cuba, ahí en los portales de Santo Domingo donde tantos milagros documentarios se hacen. También los hay que creen que sumándose al borlote se les pasará por ósmosis algo de la calidad universitaria. Y reconozcamos que algunos universitarios también carecen de calidad pero eso si muy bien entrenados para esconder su limitada preparación. Si de educación se trata ese es otro cantar.
Entusiasmado por el entusiasmo demostrado por nuestros insignes Padres Conscriptos el Rector pidió al Honorable Congreso de la Unión a México resolver los problemas que agobiaron a los independentistas y revolucionarios y que muchos de ellos aun nos tienen bocabajeados. Les pidió trabajar en ello sin percatarse que cualquier esfuerzo les causa roña a muchos de ellos. Todos aplaudieron de pie casi a rabiar, ahora si por unanimidad por aquello de no hacerse notar. Señor Rector esperamos que le cumplan y no lo dejen como novia de pueblo, vestida y alborotada. Así se las gastan estos señores, lo que conceden con la derecha con la izquierda lo arrebatan, y sí no al tiempo. Otro festejo centenario para la misma insigne universitaria centenaria lo presidió un no egresado de la UNAM, el presidente Felipe Calderón, abogado de la Escuela Libre de Derecho. Eso sí, asistió orgulloso luciendo una corbata con los colores azul y oro de los pumas.
La Universidad Nacional Autónoma de México, UNAM, cumplió cien años de su fundación. Nace en 1910 aprovechando la excelsa herencia que la vieja Real y Pontificia Universidad de México poseía. Esa rica herencia forjada durante muchos años de trajinar en la actividad académica. Poco después de la conquista y en pleno inicio de la época virreinal acatando la cédula para la fundación de la Real y Pontificia Universidad de México expedida cuatro años antes en la Madre Patria por Felipe II, rey de España, con la velocidad que tenían los acontecimientos en aquella época, por fin el 21 de septiembre de 1551 nació en la ciudad de México y comenzó su carrera docente el 25 de enero de 1553, todo bajo los auspicios del virrey de la Nueva España, don Luis de Velasco. Su primera casa fue en la calle de San Ildefonso. El honorable título de Real y Pontificia Universidad de México lo uso durante 257 años, ¡señores quítense el sombrero!
En 1833 Valentín Gómez Farías, seguramente con el liberalismo tocando a sus puertas, suprime por decreto la Pontificia Universidad de México, que ya no Real desde la guerra de independencia. Y nada más y nada menos que el siempre inútil y siempre reinstalado presidente Santa Anna la rescata en 1834 ¡un aplauso, el único en sus nefastos años de patriota!
En 1857, Ignacio Comonfort, breve presidente substituto de otro breve presidente, el liberal Juan Álvarez, casi al término de su diminuto mandato se avienta al ruedo y le hace la faena a la Universidad, la suprime. Desde aquí aprendieron nuestros presidentes que para cometer sus peores atrocidades contra este país lo mejor es esperar la cercanía del fin de su mandato, para que el zumbido de oídos solo les dure unos cuantos meses o días. Sólo para que se den cuenta de la solida herencia que la guerra de independencia nos dejó, el mentado Comonfort era el presidente cuarenta y uno de la cadena de gobernantes que inició el también breve emperador Iturbide. En 34 años de vida independiente padecimos algo así como locura senil, no sabíamos lo que queríamos ni donde estábamos parados, cualquier símil con nuestros actuales congresistas es pura coincidencia. Comonfort y su camarilla consideraron que la Universidad era la base de los cuadros conservadores y había que cerrarla. Los ilustres liberales la clausuraron, cortos de visión y saturados de reformismo no se percataron de la barbaridad cometida. Al ritmo de la hamaca en la que nos despabilábamos como país en 1858 Félix Zuloaga la reabre. Maximiliano, el por tres años emperador, la cierra en 1865. ¿Por qué otra vez la embestida? No lo sé.
Y como cachetada con guante blanco un dictador, este nos duro veintiséis años de fijo (reelecto en 1884 y retirado en 1910), no de va y viene como Santa Anna, le vuelve a dar vida a la Universidad, para incorporarla a los festejos por los 100 años del inicio de la lucha por la Independencia. En 1910, Porfirio Díaz, con el impulso de Justo Sierra, promulga la ley que reabre a la universidad y la constituye como nacional. El 22 de septiembre de 1910, se inauguró la Universidad Nacional de México, sin el carácter de autónoma con la rectoría en manos de Joaquín Eguía Lis. El teatro Simón Bolívar, en San Idelfonso fue la sede de la ceremonia de inauguración. Otra acción de fin de mandato pero ésta con buenos resultados.
José Vasconcelos, rector de junio de 1920 a octubre de 1921 de la Universidad Nacional de México, ideó el escudo y el lema que hoy en día enorgullecen y provocan el entusiasmo no solo de los universitarios, de toda la población. El lema “Por mi raza hablará el espíritu” surge de sus escritos que hacen referencia a “La raza cósmica”. Esa raza latinoamericana producto de la unión de dos culturas continentales, la indígena americana y la española.
En 1929 estalla una huelga contra la rectoría solo porque trataba de hacer tres exámenes escritos al año en vez de uno oral, ¿de quién creen?, de la Escuela Nacional de Jurisprudencia y Ciencias Sociales, siempre se han destacado por su grillerío. Pleitos entre maestros y alumnos que ya contaban con el apoyo de todas las escuelas superiores de la Ciudad llevaron al rector Antonio Castro Leal a solicitar el apoyo de la secretaría de Educación Pública. El 25 de mayo el presidente Portes Gil entrega los edificios universitarios a los estudiantes y los invita a dialogar. Después de mucho estira y afloja el proyecto de Ley Orgánica de la Universidad es enviado al
Congreso para su aprobación. Ezequiel Padilla, secretario de educación, habló a favor de ella y la ley fue expedida el 10 de julio de 1929 y el 31 de ese mes se instaló el Congreso Universitario, nombrando rector al licenciado Ignacio García Téllez. Fue el presidente Abelardo Rodríguez quien decidió darle un autogobierno más completo y entregarle un patrimonio. La nueva ley Orgánica de la Universidad de México, ahora si Autónoma, se aprobó el 1 de octubre de 1933.
De 1911 a 1940 surgen como hongos multiplicidad de disciplinas académicas sembradas por todos los rumbos de la Ciudad de México cada una en sus instalaciones. Por la necesidad de agrupar toda esta floración universitaria surgió la idea de la creación de una ciudad universitaria. Siendo presidente Ávila Camacho, en junio de 1943 tomó posesión como rector de la UNAM Rodulfo Brito Foucher (no está mal escrito). Este insistió en la conveniencia de construir una ciudad universitaria y ni tardo ni perezoso selecciona unos terrenos ejidales en el Pedregal de San Ángel, terrenos que por sus características volcánicas eran buenos para poca cosa, casi para nada y ese mismo año el rector publicó la ley de fundación de Ciudad Universitaria.
Lograr este sueño universitario se lleva casi diez años. El 20 de noviembre de 1952 el presidente Miguel Alemán Velazco inaugura la Ciudad Universitaria a lo clásico, sin terminar ya que el uno de diciembre entregaba la estafeta presidencial a don Adolfo Ruíz Cortines, total el que sigue de cualquier manera tendrá que terminarla. El 13 de febrero de 1953 hay nuevo rector. El doctor Nabor Carrillo Flores agarra al toro por los cuernos. Dos problemas son su problema y se enfrenta a ellos: la terminación de los edificios de la Ciudad Universitaria junto con la infraestructura de apoyo, transporte y vivienda, y la ampliación presupuestal necesaria para la mudanza de todas las escuelas universitarias, equipamiento de instalaciones y mejoras salariales, y muchas cosas más. El doctor Efrén del Pozo, secretario de la UNAM, impulsó una premisa que trató de ser la base del nuevo proyecto académico de Ciudad Universitaria: “menos alumnos y mejores profesores”. He de suponer que fue un buscapiés y que el tiro le salió por la culata.
Y en marzo de 1954 llegaron los alemanes, esos que diez años atrás habían sido arrasados por los aliados, no tan aliados si los analizamos de cerca. Demolidos hasta sus cimientos todos los parajes productivos de Alemania y las ciudades aledañas, con toda la población hambrienta casi al borde de la muerte, menos los listillos que salieron corriendo aprovechando la vorágine que representó el final de la guerra, esa torre de Babel que se formó mientras se peleaban por los científicos sobrevivientes, y la tecnología, la runfla de socios dizque aliados facilitó la huida. Esos alemanes trajeron su exposición “Alemania y su Industria” sólo para que nos atragantáramos de envidia, que nos bañáramos en nuestras propias babas, para demostrarnos lo que con la unidad y voluntad de un pueblo, y el apoyo económico ilimitado y convenenciero de sus conquistadores, se puede lograr en diez años, reconquistar su puesto como potencia económica y productiva mundial. Nosotros 40 años después de la revolución queríamos pero no podíamos. No pasábamos de macetas de corredor. Que mejor oportunidad para presumir Ciudad Universitaria y se las prestamos a los alemanes para que también se lucieran. Ese marzo hace su presentación ante la sociedad mexicana ese ilustre señorito que a todos nos deslumbró, ricos, pobres y los de en medio, el “Auto del Pueblo” el Volkswagen, al que de inmediato bautizamos como El Escarabajo. Hizo tanto ruido el condenado escarabajo que hasta el ex presi Lázaro Cárdenas se animó a dejar el terruño michoacano para venir a conocerlo. ¡Y todavía hay más, ya les contaré!
Ya lo saben, soy responsable de todo lo que aquí expresado.
Así de simple, ¿o no?
Eduardo
(Eduardo Gama Barletti)