16 ¡El grito de Dolores!
Escrito por cavilaciones el 10 diciembre, 2010Sí el México Novo-hispano era tan prometedor qué fue lo que orilló a sus pobladores sobre todos a los ciudadanos criollos a conspirar contra las autoridades virreinales y llegar al pronunciamiento de Dolores, con el famoso grito de Hidalgo. Dentro del gobierno virreinal los puestos principales se asignaban desde la península española. El Rey mandaba y sus súbditos americanos obedecían. Esos lugares preponderantes eran inaccesibles para casi todos los mortales criollos. Ellos tenían que conformarse con los segundos y terceros o los últimos lugares dentro de la administración y el ejército. En el clero prevalecían más o menos los mismos principios de reparto de puestos, aquí lo que pesaba era la mano del Papa romano. En la política ni hablar de puestos, solo los que estaban cerca de los altos mandos tenían la posibilidad de grillar y de sacar beneficios personales o familiares de acuerdo con su capacidad chirriadora. Imagínense el desencanto de esta masa de pensantes bombardeados con los acontecimientos de la guerra de independencia de Estados Unidos y del Directorio francés, información que llegaba en libros traducidos por los jesuitas.
Tras de la derrota de Francia y España en Trafalgar a manos de los ingleses Napoleón necio en apalear a los ingleses les impone un cerco marítimo. Para completarlo necesitaba invadir Portugal y busca la alianza con España. En 1807 España con las deudas hasta la barbilla y con su capacidad militar reducida casi a cero después de lo de Trafalgar firma el tratado de Fontainebleau con el que permitía el paso de los ejércitos franceses para invadir Portugal. Napo ya dentro le pareció fácil aumentar el tamaño de su imperio con el territorio español. El mismo dirigió la guerra, derrotó al ejército español y a los ingleses que acudieron a apoyar a España llenos de terror por los alcances del chaparro conquistador, ya se lo imaginaban sentado en el trono de Portugal el que finalmente conquistó. En 1808, marzo, colocó a su hermano José Napoleón en el trono español, por borrachote se ganó el mote de “José-botella”. Volaron las noticias y para el 14 de agosto ya se conocen en México las Abdicaciones de Bayona, la de Carlos IV y su hijo Fernando VII, el Rey Felón (desleal, traidor, entre otras lindezas), tras una serie de manipulaciones de lujo del napoleón político, intrigante hábil, para favorecer a su carnal.
Ante la noticia los criollos se pusieron el overol y el 20 de agosto ya tenían un plan desarrollado por Francisco de Azcarate y Primo de Verdad: que el Virrey nos gobierne en sustitución de Fernando VII, preso en Francia. Los criollos vieron aquí la oportunidad de trascender y apenas un mes después un grupo de hombres armados encabezados por Gabriel Yermo asalta el palacio virreinal tomando preso al virrey Iturrigaray, a Primo de Verdad y a Azcarate, regidores del ayuntamiento de México. En diciembre es descubierta otra conspiración en Valladolid, Michoacán, liderada por criollos, el teniente José Mariano Michelena y al capitán José María García Obeso. Iturrigaray termina apoyando a los criollos para establecer un gobierno nacional. Los peninsulares virreinales reaccionan, aprehenden al virrey y lo mandan a España para ser juzgado. Ya para este momento los criollos habían sumado la causa de los indígenas y los esclavos a sus reclamos. En 1810 los ánimos estaban exaltados y se inicia el levantamiento armado en Dolores dirigido por Miguel Hidalgo; lo secundan Ignacio Allende, Juan Aldama y Mariano Abasolo. En Atotonilco, el 16 de septiembre, Hidalgo enarbola el estandarte de la Virgen de Guadalupe como enseña del movimiento. Listo como pocos y sabedor de las ventajas imantadas que le daba este estandarte lo agitó ante la muchedumbre entusiasmada y exclamó: «¡Viva nuestra madre santísima Santa María de Guadalupe! ¡Viva la América!»
Del ejército de Hidalgo no hay mucho que decir. Ese 15 de septiembre por la noche contaba con ocho sirvientes (¿mestizos, indios, la fidelidad manda?), setenta presos liberados (¿a condición de qué?) un centenar de empleados, artesanos y campesinos (¿indios y mestizos feligreses de su parroquia que comulgaban con él?). Pero los altos mandos si dan de que hablar: Generalísimo (Miguel Hidalgo), Capitán General (Ignacio Allende) y Teniente General (Mariano Abasolo). Pomposos y rimbombantes títulos para algo tan incierto, tan recién nacido. En San Miguel (ahora de Allende) se le sumaron 5000 entusiastas plebeyos, sin ánimo de ofender pero hay que ser realistas; en Guanajuato ya sumaban 80 mil elementos seguramente todos ellos rasos. Mal armados, palos, piedras, machetes y algunas armas de fuego hechas en casa, de pésima calidad. Y para acabar de sumar sus desdichas la casi nula capacidad militar. A los insurgentes los salvó la intuición militar de un militar de carrera, Ignacio Allende (da su apellido a San Miguel el pueblo que lo vio nacer), que obtuvo varias victorias relevantes. Ignacio Allende militó en el ejército virreinal bajo las órdenes de Félix María Calleja y por ahí de 1806 le entró el gusanito de independizar a la Nueva España de la madre patria. Fue enviado con su destacamento a Texas de donde regreso en 1808 para integrarse a Los Dragones de la Reyna, caballería de élite. Como verán de mandar un cuerpo armado si sabía. Aparentemente conspiró en 1809 con los de Valladolid y le perdonaron su participación en el abortado complot, quien sabe por qué. Ese mismo año Josefa Ortiz de Domínguez lo presenta a Hidalgo y se integra a su grupo conspirador.
El virreinato contaba con las milicias desde el siglo XVII que cuidaban el Palacio Real y puntos clave de la nación Novo-hispana. Las tribus nómadas y el temor a las invasiones por parte de otros europeos eran su principal preocupación. También había otro cuerpo militar mucho más organizado, Cuerpo de Presidiales o “cuerudos” por su coraza de siete capas de piel. Grupo militar de 2000 hombres de infantería, caballería, artillería, un capellán y un cirujano. Hombres duros e indomables, hábiles jinetes fogueados contra los franceses, ingleses, comanches, rusos y hasta con piratas argentinos, ya desde entonces “sencillitos pero carismáticos”. Su grito de guerra ciento por ciento español: “Santiago y a muerte”. Un grupo de estos capturó a Hidalgo y su camarilla. En 1766 el Teniente General Juan de Villalba lo organiza como Ejército Colonial y lo clásico, los altos mandos los designa la corona peninsular. Los mandos de en medio un privilegio muy peleado, se distribuían entre las familias criollas, los próceres de la independencia salen de este grupo. La tropa; la sufrida raza, se les elegía por sorteo. Pero pocos querían ser carne de cañón, se escondían o huían. Ante la escases de bistecs se aplicó la leva, el reclutamiento forzado de individuos enviados a los cuarteles. La leva se convirtió en el instrumento ideal para vengarse y quitar de en medio a tipos molestos, al pariente incomodo, al que se quería despojar de sus bienes y de otras cosas. Arma silenciosa predilecta de políticos y ricos y pensando mal, hasta del clero. ¿Habrá ya caducado el sistemita o hay otras maneras de seguirlo usando? ¿Será?
El escenario tenía algo así como trescientos años de estarse montando. Los contendientes listos para medirse en el escenario de la batalla. Hidalgo al frente de una pléyade de incultos y hambrientos que día a día engordaba con la acumulación de seres llenos de rencor esperando el momento de la venganza, ansiosos de apagar los ardores encendidos desde la conquista y atesorados durante la colonia. ¿A quien le dan pan que llore? Esta era su oportunidad de desahogar sus almas y usando su cuerpo como arma mortal, además de carne de cañón, se lanzaron en pos de la reivindicación de sus derechos y de sus ancestros. Hidalgo sintió el calor del horno insurgente que había encendido y que mostro toda su capacidad destructora durante el asalto de la alhóndiga de Granaditas donde todos los defensores y refugiados al mando del intendente Juan Antonio Riaño son pasados por las armas y el posterior saqueo de la ciudad de Guanajuato. De aquí como cadenita, eslabón tras eslabón, Valladolid, Tlalpujahua donde se le unió López Rayón, Charo donde se entrevista con Morelos cura del lugar, el 25 de octubre cae Toluca. Los de la lana, nacionales y españoles, ante las noticias del avance insurgente, ya con fama de sanguinarios, pusieron con antelación pies en polvorosa. Los revoltosos solo encontraron vociferantes partidarios del movimiento dispuestos a unírseles. La ansiada meta y los controles de la nación estaban a tiro de piedra solo les restaba derrotar a Torcuato Trujillo y sus tropas; los 80mil insurgentes, o más, se impusieron fácilmente a las tropas virreinales en la batalla del Monte de las Cruces no sin sufrir graves pérdidas. 30 de octubre de 1810, mes y medio desde el grito de Dolores se luce la estrategia de Abasolo, Jiménez y Allende. Caen los realistas, las tropas virreinales, y huyen incluyendo a Iturbide hacia la ciudad de México, dejan armas y municiones abandonadas. La Ciudad de México era de los independentistas, ahí enfrente la tenían, pasara lo que pasara, el triunfo de la lucha libertadora se vislumbraba. Los acontecimientos de Guanajuato frescos en la memoria empujaron a Hidalgo a negociar con el virrey Venegas. Un no rotundo del virrey puso a temblar la formación humanista del cura y decidió retirarse a pesar de que Allende se negó. Calleja, brigadier y capitán general español, los persigue y derrota en Aculco el 7 de noviembre. La corretiza continúo por dos rumbos, Allende por un lado, hacia Guanajuato, e Hidalgo por otro, hacia Guadalajara donde Allende, Aldama y Jiménez lo alcanzan. Harto Allende de las dudas, incompetencia al mando y debilidades de Hidalgo dicen que urde un plan para envenenar al “bribón del cura”. Solo lo destituyen y designan Comandante Militar a Ignacio López Rayón y toman la decisión de irse para Estados Unidos, no de mojados o braceros, para comprar armas y mejor armados seguir al pie del cañón. Un exrealista, Ignacio Elizondo, apañado con los insurgentes, resulto ser un simple y taimado espía; abusando de la confianza de sus incautos aliados les tendió una trampa en Acatita de Baján (frontera entre Coahuila y Texas, todavía nuestra), adonde llegan en marzo de 1811 arrastrando la cobija después de la derrota en Puente de Calderón. Elizondo es nombrado coronel, nombramiento ganado por el éxito de su acto ignominioso; Abasolo fungió de soplón y como premio lo mandaron castigado a Cádiz, España, donde murió en prisión en 1816.
En Chihuahua, en junio, Allende, Aldama y Jiménez son fusilados por la espalda y decapitados. A Hidalgo lo fusilan el 30 de julio, también en Chihuahua; resiste la primera andanada, lo refusilan y de remate le dan el tiro de gracia directo al corazón; necio hasta para morirse, sentado en un banco en el patio del antiguo Colegio de los Jesuitas, necio destino que lo lleva a morir en la sede de los que fueron sus mentores de junio de 1765 a junio de 1767, año en que los jesuitas fueron botados del imperio español por órdenes de Carlos III Rey de España.
Su cabeza la envían a Guanajuato a hacerle compañía a sus contlapaches colgado cada uno en una esquina de la alhóndiga de Granaditas. Cruel final para un grupo de idealistas que iniciaron la guerra de Independencia aparentemente sin enarbolar un plan político congruente y con el alcance suficiente para llegar a un buen fin, para beneficio de esta sufrida nación que era México.
El grito de Dolores solo duro diez meses y medio, se ahogó con el estruendo de los rifles de sus fusiladores. La victoria tan cerca pero desdeñada, lástima. El eco duro diez años más con una guerra de guerrillas sangrienta, de toma y daca, de venganzas en los dos sentidos, dolorosa pérdida de vidas humanas, destrucción total del patrimonio nacional, que finalmente desembocó en un México independiente convulsionado por más de 50 años hasta que apareció la figura del general Porfirio Díaz, que en el curso de treinta años paso de héroe a villano.
Y recuerden que la historia es del color de cada quien, de como la vives y la escribes, de como la lees y la interpretas. Al fin de cuentas informarse es dar respuesta a dudas que surgen de todas esas dudas que se van acumulando al informarse y solamente para terminar lleno de dudas. Seguro que nada de lo que les platico arriba es nuevo para ninguno de ustedes; no pretendo darles clases de historia para lo cual mi capacidad dista mucho de ser la adecuada, pero sí de refrescarles la memoria en una serie de hechos de capital importancia en la historia de nuestro amado país que siempre nos han presentado, con el aura de genialidad, entrega y sacrificio, en estatuas de bronce y monumentos de mármol. Tengo una segunda parte que alguna vez les contaré y que confirmará lo anegados que están nuestros conocimientos históricos por tormentas oficiales.
Ya lo saben, soy responsable de todo.
Así de simple, ¿o no?
Eduardo
(Eduardo Gama Barletti)


